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Publicado en Diario La Rioja, 31/5/2005
Mientras he estado en Japón he visto muchos tipos de perros. El primero que me encontré era blanco y muy pequeñito. Si le pasabas la mano por el lomo, te lo agradecía moviendo las orejas, haciendo parpadear las luces de colores de su cabeza y emitiendo una agradable musiquilla.
Me han contado que además de las caricias tradicionales, también se le puede conectar un i-pod, y entonces el bicho sí que se muere de gusto, aunque como es japonés, me imagino que hará mil reverencias antes de revolverse panza arriba en el tatami. Este nieto del viejo Aibo se llama i-Dog, y lo colocó Sega en los escaparates nipones a principios de año. Entonces hubo colas y codazos por él. Ya no. Se ha quedado abandonado en las estanterías del fondo de las tiendas de electrónica, lugar de segundones aunque bastante más calentito que las gasolineras donde olvidan a sus hermanos de carne y hueso.
El segundo chucho que me llamó la atención parecía estar bastante cómodo en su pellejo, aunque estaba encerrado en una pantallita de pocos centímetros. Me choqué con él en una tienda de ordenadores, y su lugar de honor en el pasillo indicaba que era él quien había destronado al tierno i-Dog del caprichoso olimpo de las ciber-mascotas de moda. Descansaba en la pantallita inferior de la diminuta consola Nintendo DS, que es táctil, y a través de ella se le podía educar, rascar, premiar y castigar. Y gracias al micrófono de la consola, también se le podía bautizar y dar órdenes. Este animalito, uno de los “Nintendogs”, es parte del juego estrella que está haciendo que la DS haya superado por primera vez en ventas a la PSP de la competencia.
Fue Tokio quien inspiró la estética de Blade Runner, pero a veces parece que es Japón quien imita al mundo que K. Dick imaginó en ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? En el libro, Rick Deckard, al que no podemos imaginar si no es como Harrison Ford, está obsesionado por conseguir un animal vivo auténtico, un bien escaso y preciado en ese futuro hostil que retrata Blade Runner. En él, la mayoría de los seres humanos anhelan conseguir un pequeño robot peludo, un gato o un loro, que parezca una mascota de verdad y que les recuerde ese momento del pasado en el que era posible que un ser vivo les acompañara.
En un país en el que se vive con la constante sensación de estar unos años por delante, en el que millones de personas se agolpan en macrociudades construidas a lo alto, en el que los bolsos de Louis Vuitton son comunes, pero los niños son un artículo de lujo, y en el que las casas tienen 40 metros cuadrados, está comenzando a ser imposible tener un perro de verdad como mascota. Y por eso, cada vez que veo un i-Dog, o un Nintendog, me pregunto si alguna vez sólo existirán animales que sean casi de verdad.
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